Cuanto más profundizo en la crianza respetuosa y consciente, más me doy cuenta de la gran influencia que tienen las vivencias que tuve en mi propia infancia en la madre que soy.

¿Alguna vez te has visto a ti misma o a ti mismo repitiendo aquello que, durante tu infancia o adolescencia, juraste no hacer? Yo sí, y no una ni dos veces.

En los momentos de conflicto, cuando nuestro cerebro racional se desconecta y nos domina nuestro cerebro emocional y nuestro cerebro reptiliano, es cuando reaccionamos y salen a la luz nuestras heridas emocionales de nuestra propia crianza, transformadas en creencias limitantes.

¿La buena noticia? Que podemos cambiar nuestras creencias. Cierto es que requiere de un trabajo personal intenso, introspectivo, de auto conocimiento. Pero no es tan difícil como parece. Obviamente, puedes ir más allá y trabajar tu desarrollo personal para ser quien realmente eres, y no quién te dijeron que debías ser (este es un trabajo que durará toda tu vida…  como la crianza 😊). Pero en este artículo, voy a ceñirme a las creencias en la crianza, y como trabajarlas para que no se interpongan en la relación con nuestros hijos, para así lograr un clima familiar respetuoso, empático y feliz.

 

¿Qué es una creencia?

 

Una creencia es una idea o pensamiento que se asume como verdadero. Las creencias son uno de los filtros más poderosos de nuestro cerebro, pues deciden qué, de la enorme cantidad de información que recibimos, vamos a dar por cierto y qué vamos a rechazar. Dado que las creencias suelen ser inconscientes, aceptamos los datos que las confirman y desechamos lo que las contradicen, de manera que, pase lo que pase, se fortalecen hasta llegar a ser irrebatibles.

Se forman a partir de nuestras primeras experiencias y de las enseñanzas que recibimos en la infancia, convirtiéndose en creencias arraigadas en nuestro ADN, inculcadas por una educación que, normalmente, estaba basada en el autoritarismo, en los castigos, el abuso emocional y en los azotes.

 

Creencias limitantes construidas a través de la experiencia

 

Lo que configura nuestra experiencia no es tanto lo que sucede sino la forma como lo interpretamos y el significado que le atribuimos. Así se va configurando nuestro modo de pensar y de actuar, marcando la dirección y calidad de nuestras vidas. Y esto es extrapolable a la crianza. Nuestras creencias sobre la crianza marcan nuestro modo de pensar acerca de qué es correcto y qué es incorrecto en la manera de tratar y educar a nuestros hijos, y va a marcar la dirección de nuestra familia.

Nuestra forma de criar a los niños está influenciada, en gran medida, por la forma en que fuimos criados. En una familia donde el niño era frecuentemente castigado, etiquetado, comparado o agredido física o emocionalmente, es altamente probable que estos comportamientos se reproduzcan una vez este niñ@ se ha convertido en padre o madre.

Esto no significa que nuestros padres lo hicieran mal, ni que nos debamos enfadar con ellos. Ellos lo hicieron lo mejor que pudieron, con las herramientas (o más bien falta de ellas) a las que tenían acceso, y todo lo

que hicieron lo hicieron por amor a sus hijos. ¿Cometieron errores? Claro, igual que los cometo yo, y cada persona del planeta, pero gracias a lo que habitualmente llamaríamos “errores”, soy quien soy hoy en día, y trato día a día de mejorar y lograr ser la mejor versión de mi misma para mis hijos. Gracias a los “errores” de mis padres, me esfuerzo en expandir la crianza respetuosa y consciente a todo el que quiera aprender y hacerla su modo de vida. Gracias a sus “errores” puedo aprender. Es más, gracias a sus “errores”, quiero aprender a no cometerlos.

El problema radica en no ser o no querer ser conscientes de estas creencias que limitan nuestra capacidad de crecer, mejorar y cambiar la relación con nuestros hijos. Os pongo un ejemplo radical, pero tristemente vigente hoy en día: muchos padres y madres siguen pensando que el tortazo a tiempo es bueno, por motivos como que, si no lo haces, te perderá el respeto, hará lo que le venga en gana, o es lo que necesita el niño para que se le quite la tontería. Todo ello aderezado de excusas como “es que lo está pidiendo a gritos”, o la que más me alucina “a mí me pegaron y tan mal no he salido”, perpetuando en el niño idea de que:

  • A mamá le duele más que a mi
  • Soy yo el que pedía que me pegaran

Uf, es duro y triste… ¿quién puede pensar que un niño pide que le peguen?. He puesto este ejemplo porque me parece una de las creencias más peligrosas. No solo daña de forma permanente la confianza de nuestro hijo tanto en nosotros como en sí mismo, sino que la enseñanza que recibe es que la violencia, del tipo que sea, es lícita para conseguir lo que queremos (este tema merece un post propio).

 

Educar de forma respetuosa y consciente

 

¿Sabías que entre los 0 y los 7 años, aproximadamente, las mentes de tus hijos forman las creencias que influirán en ellos el resto de sus vidas?

En esta edad, se forma el auto concepto, lo que el niño piensa de sí mismo. El niño va a acabar pensando de sí mismo, conforme lo que ha percibido que su núcleo vital (mamá y papá, aunque también familia cercana) piensan de él.

Si durante los primeros años, el niño percibe que:

  • No es capaz (anda, déjame que ya lo hago yo).
  • No es válido (mira a tu hermano, a ver si aprendes).
  • Solo es amado cuando se comporta como los demás quieren (como no te portes bien, te castigo, como no te termines todo, mamá se pondrá triste).
  • No es bueno mostrar emociones “negativas” (deja de llorar, que te pones feo; no llores, si no ha sido nada).

¿Cómo creéis que será su autoestima, confianza y auto concepto en la adolescencia o, incluso, siendo adulto?.

Educar de forma respetuosa choca frontalmente con esta crianza tradicional que forma parte de nuestras experiencias, recuerdos y vivencias. Romper esas creencias y paradigmas es difícil, pero no es imposible. Para ello, se requiere CONSCIENCIA y COMPROMISO.

Somos inevitablemente hijos de unos padres imperfectos. Nosotros, como padres, también somos imperfectos, al igual que nuestros hijos.  El reconocernos como imperfectos es la mejor única manera de aprender. El niño necesita de un adulto competente y emocionalmente sano que ponga conciencia y consciencia en sus propias experiencias para poder acompañarlo en su desarrollo, y de paso favorecer su propio crecimiento personal. Esto implica, en muchas ocasiones, des-aprender para poder llenarnos de aquello que queremos enseñar a nuestros hijos.

 

 

Recuerda que no puedes dar lo que no tienes, y no puedes guiar a nadie a un lugar que no conoces. El amor incondicional, el respeto, la empatía… nos toca practicarlos para poder transmitirlos, primero con nosotros mismos, luego con los demás.

 

 

En la crianza respetuosa y consciente, el no interferir en el desarrollo de un niño implica acompañar más que dirigir, confiar en sus posibilidades, relativizar situaciones, explicarle lo que va pasando, ayudarlo a gestionar y tolerar las dificultades y la frustración…

 

Algunas veces apartaremos algunas piedras del camino, otras, les ayudaremos a no tropezar con las que se encuentre, pero, sobre todo, se trata de no poner más de las que ya hay. La frustración no hay que trabajarla, porque la vida ya pone suficientes situaciones que causarán frustración. Trabajando nuestras creencias, veremos cómo no tienen ningún sustento y que, en realidad, lo que genera una educación sana, emocionalmente estable y beneficiosa a largo plazo, es el amor incondicional y el respeto.

 

Recuerda que los niños no aprenden de lo que oyen, aprenden de lo que ven. Somos su único ejemplo:  tal y como actúes, así actuará tu hijo, sobre todo en los momentos de conflicto.

“No te preocupes si tus hijos no te escuchan, te están mirando todo el tiempo”

Madre Teresa de Calcuta

 

Para criar hijos felices y emocionalmente sanos e inteligentes, debemos poner consciencia en nuestra posición de padres y educadores y dar lo mejor de nosotros mismos para que los niños puedan ser la mejor versión de sí mismos. Debemos permitirles y ayudarles a SER. Y para ello, primero debemos conocernos a nosotros mismos y esforzarnos en conocer a nuestro hijo:

  • Conocimiento de nuestro hijo: “cuando siente frustración, mi hija Elena necesita un abrazo para calmarse. En cambio, Pablo necesita que le explique lo que ha pasado”.
  • Conocimiento de nosotros mismos y de nuestros impulsos iniciales: “cuando mi hijo hace algo difícil, automáticamente le digo que tenga cuidado o le impido hacerlo”.
  • Conocimiento de las situaciones que nos resulta difícil gestionar: “cuando mi hija me pega, me pongo furiosa y le grito”.

 

Por tanto, para cambiar nuestras creencias respecto a la crianza, primero debemos conocernos, entender y reconocer, sin juzgar, el porqué de nuestra respuesta ante determinadas conductas de nuestros hijos, y de forma consciente y comprometida, trabajar para cambiarlas. Esto no lo vas a conseguir a la primera, el compromiso supone ensayo y error, hasta que poco a poco, veamos los resultados en nosotros mismos y en nuestros hijos.

 

Creencias limitantes que yo misma he tenido que trabajar

 

Como veis, hay muchas creencias que nos impiden llegar a actuar como nuestros hijos necesitan. Os comparto algunas de las que he tenido yo misma.

  • Si duermen conmigo, no saldrán nunca de mi cama.

Nada más lejos de la realidad. Con Pablo, cometí el error de sacarlo pronto de mi habitación, aun sabiendo que no estaba preparado. Incluso cuando dormía con nosotros, jamás lo metía en mi cama por esta misma creencia. Preferí pasar las noches como una contorsionista, poniendo mi mano en su carita (necesitaba contacto) por encima de los barrotes de la cuna, antes que arriesgarme a tener un niño dependiente que no “aprendiera” a dormir.

Con las mellizas, leí, me formé. Respeté su ritmo de sueño, hice colecho, lo cual favoreció la lactancia, cada una dormía en una cuna de colecho a cada lado de la cama, y salieron a los tres años y medio de forma respetuosa, tranquila y sin más consecuencias que el hecho de que alguna noche venían a nuestra cama, en la cual, eran y son siempre bienvenidas.

  • Hay que obligar a los niños a comer.

Creo que este tema ha sido el que más me costó. Esta creencia estaba tan arraigada en mí, que tuve muchos problemas con Pablo con relación a la comida, llegando a generar un rechazo en mi hijo hacia la comida, que le impedía y me impedía disfrutar de ello.

Con las mellizas, nuevamente, cambié mi forma de ver la alimentación. Aprendí que ningún niño con acceso a comida muere de hambre. Respeté sus ritmos, la transición a la alimentación complementaria fue respetuosa y consciente, primero su leche, después la comida, y siempre como un momento lúdico y experiencial, les permití jugar, tocar, tirar, mancharse… aprendí que todo es aprendizaje, y no se puede forzar. Hoy en día, hasta Pablo ha cambiado su relación con la comida, y para todos, es un momento familiar maravilloso. Y si no se comen el puré, no pasa nada.

Otras muy habituales:

  • Tienen que dar besos cuando yo se lo diga.
  • Si no me hacen caso, tengo que gritar, amenazar o incluso chantajear.
  • Tengo que obligarlos a dar las gracias o pedir perdón (recalco la palabra “obligarlos”. Se enseña con el ejemplo, no con la imposición).
  • Con 3 años tienen que haber dejado el pañal.

 

Hay muchísima bibliografía que te puede ayudar a cambiar creencias limitantes. Algunas de las que más me han ayudado a mí son:

  • Amar sin miedo a malcriar (Yolanda González Vara)
  • Aprender a Educar (Naomi Aldort)
  • Dormir sin lágrimas (Rosa Jové)
  • Mi niño no me come (Carlos González)
  • Se me hace bola (Julio Basulto)
¿Qué creencias tienes tú? ¿Cómo crees que educarías a tus hijos si no las tuvieras?

Si quieres, y te apetece, déjanos un comentarios. ¡Nos encantará leerte!

Feliz día