“Ahora es impensable que alguien pueda decir que ha pegado un bofetón a su novia, a su chica o a su mujer, y en cambio esa misma afirmación trasladada a un niño o una niña no causa ningún tipo de impacto o no interpela a la persona que lo escucha.”

Hace poco leí esto de Violeta Assiego, experta en análisis, investigación y comunicación de temas relacionados con los derechos humanos de colectivos vulnerables. Y estoy completamente de acuerdo. Imaginemos a un hombre que, en medio de la calle, da una bofetada a una mujer. Estoy segura de que alguien a su alrededor trataría de parar este maltrato, y casi con total seguridad, llamaría a la policía. Ahora imaginemos a ese mismo hombre, ahora en su papel de padre, da una bofetada a un niño, su hijo. Me arriesgo a decir que, salvo un par de miradas reprobatorias, nadie intervendría.

El castigo es un método educativo ampliamente utilizado como medio para modificar una conducta o comportamiento no deseado, molesto o inadecuado. Algunos de los castigos más habituales son el tiempo fuera, la silla de pensar, la retirada de privilegios; pueden ser castigos físicos, como bofetadas, azotes, golpes, tirones de pelo y orejas, pellizcos y otras agresiones corporales; o castigos emocionales, como insultos, comparaciones, etiquetas… y el elemento común de todos es la humillación que conllevan, así como las consecuencias en el niño.

Tanto los unos como los otros, constituyen una violación del derecho del niño a su integridad física y emocional.

 

¿Por qué recurrimos al castigo?

 

Para conseguir a corto plazo, en el aquí y en el ahora, lo que nosotros queremos. También lo hacemos por repetición (es lo que nos hicieron y es lo que yo hago).

Escuchamos nuestras propias necesidades, pero no escuchamos las necesidades de los niños.

Al final, se trata de creencias limitantes que tenemos todos, y vemos que castigando obtenemos obediencia y complacencia en el aquí y el ahora.

Si tú, niño, me complaces, bien, pero si no, aplico estos métodos. CONDUCTISMO PURO Y DURO.

 

Norm Lee, profesor estadounidense que ha trabajado con “niños problemáticos”, escribió un libro titulado Ser padres sin castigar: crecer y aprender en una Disciplina Democrática.

Este es un extracto de su libro, que de verdad merece la pena leer:

“La mayor parte de la gente cree en la efectividad del castigo, porque brinda una apariencia de control. Pero al reprimir la hostilidad, impulsa la mentira, el engaño y la hipocresía, y cosas aún peores.

Muchos padres creen en el castigo en la misma forma que en sus dogmas religiosos, e incluso protestan diciendo que Dios mismo les ordenó utilizar el castigo, el usar el método de la zanahoria y el palo para educar a los niños.

En una reciente plática a un grupo de padres, yo abrí un libro y empecé a leer en voz alta:

“Empiecen la disciplina a temprana edad. Aclaren muy bien las reglas y refuércenlas de inmediato y con consistencia. Refuercen la obediencia con apapachos y palmaditas y con frases como: ¡Qué buen niño! ¡esa es una buena niña! Y después de disciplinarlos, díganles que los aman y que lo hicieron por su propio bien”. Hubo cabeceos de aprobación y algunas personas inclusive mostraron su aprobación EFUSIVAMENTE en voz alta. Pero cuando les mostré la cubierta del libro, se quedaron sin habla de la impresión al leer el título: COMO ENTRENAR A SU PERRO DOBERMAN PINSHER”.

 

El castigo no educa

 

No, efectivamente el castigo no educa. El castigo, las amenazas, los chantajes y los premios adiestran. En el adiestramiento hay obediencia ligada al premio y al castigo, en la educación hay comprensión del porqué es necesario o importante hacer lo que haya que hacer. Funcionan, pero a corto plazo. Con estas técnicas cortamos de raíz el comportamiento del niño, pero con total seguridad se repetirá ¿Por qué?

Porque cuanto más castigamos, peor se siente nuestro hijo por no ser comprendido, no ser escuchado, no ser ayudado, en definitiva, no ser amado ni aceptado incondicionalmente. Como se siente mal, se porta mal, y por tanto, tenemos que seguir castigando… simplemente fíjate en cómo los castigos van siendo cada vez mayores e incluso más ingeniosos, porque ya no sabes ni cómo castigar para que tenga efecto… he llegado a escuchar padres castigar a sus hijos sin tele de por vida (supongo que el castigo inicial fue una tarde sin tele…) si funcionara, esto no sería necesario ¿no?

 

El castigo actúa sobre el comportamiento inmediato, pero no modifica la conducta a largo plazo.

 

Con el castigo, buscamos modificar una conducta de nuestro hijo. La conducta se mantendrá solamente mientras exista el castigo. Si desaparece el castigo, la conducta negativa volverá a aparecer. Nuestro hijo hará lo que queremos solo para evitar el castigo. Por tanto, a falta de castigo, repetirá la conducta.

Con el castigo no existe un aprendizaje sobre lo que está bien o mal, sobre el por qué se debe o no se debe hacer algo, sino simplemente un aprendizaje asociativo (si hago esto, me castigan).

¿Qué creéis que piensa un niño castigado en la famosa “silla de pensar” porque ha pegado a su hermano?. Probablemente no pensará “vaya, menos mal que me han castigado, ahora me doy cuenta de que lo que hice no fue correcto, y pude haber dañado los sentimientos de mi hermano”. Lo más probable es que piense “esto es injusto, no entiendo por qué me castigan si fue mi hermano quien empezó”, o “si me porto mal o no hago lo que se espera de mí, me castigan, la próxima vez no me van a pillar y así evitaré el castigo”, sumando además el sentimiento de frustración y resentimiento, tanto hacia su castigador, como hacia su hermano.

 

El castigo no le hace darse cuenta de los sentimientos de los demás, solo ve los sentimientos que le generan a él el castigo.

 

Consecuencias del castigo

 

Como veis, el castigo no es educativo. Funciona a corto plazo, pero no modifica la conducta a largo plazo. Solo se consigue obediencia temporal. Y, además, tiene consecuencias:

  • Indefensión

Provocan indefensión, al no entender realmente que el problema no está en ellos, sino en lo que han hecho. Cuando castigamos, el niño siente que no vale, que no es bueno, descubre que si no hace lo que mamá o papá (y más adelante el profesor o profesora) le dicen que haga, sufrirá un castigo, el cual no le enseña nada, pero le provoca miedo, humillación, soledad…

  •  Daña la comunicación

Cuando en casa nos comunicamos con gritos, amenazas, chantajes, malas caras… el vínculo con nuestros hijos se deteriora. Este tipo de comunicación conlleva que nuestro hijo pierda la confianza en sus figuras de apego, puesto que lo que entiende es que, si se comporta de una determinada manera, no le vamos a ayudar, sino todo lo contrario, le vamos a hacer sentir mal.

Uno de los grandes efectos del castigo es que enseña al niño a mentir. El niño/adolescente mentirá por miedo porque si dice la verdad mamá se enfadará, gritará, le castigará, le retirará su mirada o incluso su amor.

También puede mentir por inseguridad, ante la duda de la reacción de mamá (mejor no digo nada, porque no sé cómo va a reaccionar). También mentirá para evitar un mal mayor y para obtener aquello que el niño necesita.

Normalmente se miente para satisfacer una necesidad o evitar una consecuencia negativa.

¿Qué responsabilidad tiene el adulto cuando nuestros hijos nos mienten? La pregunta que nos debemos hacer es ¿por qué mi hijo ha tenido la necesidad de mentirme, que responsabilidad tengo yo en que mi hijo se haya visto obligado para mentirme a mí, si soy quien debe darle confianza, escucha e intimidad?

  • Genera inseguridad

El castigo genera inseguridad a la hora de tomar decisiones o la iniciativa, por miedo a que dicha decisión o iniciativa no sea aprobada por mamá o papá y como consecuencia, reciba un castigo, es decir, por miedo a las represalias si comete un error.

Inseguridad que genera necesidad de aprobación, incluso en la vida adulta.

Dificulta el conocimiento y el respeto por uno mismo.

Con el castigo, el niño se desconecta de si mismo, y de sus necesidades. Cuando el niño manifiesta una necesidad, y debido a esa manifestación, es castigado, gritado, anestesia o anula esa necesidad. Pero recordemos que las necesidades o emociones no satisfechas, anestesiadas o anuladas, no desaparecen (no por no ser nombrado, no existe), sino que aparecerán nuevamente en la adolescencia o en la edad adulta. Era lo que Carl Jung denominaba «la sombra».

  •  Sumisión o rebeldía

El niño que es castigado puede llegar a adquirir un estado de sumisión, al negar una parte de si mismo por miedo a las represalias, a someterse a lo que los demás esperan de él, anestesiando sus necesidades a cambio.

O, al contrario, puede generar sentimientos y actitudes de rebeldía ante lo que él considera injusto. Por ejemplo, el adolescente muestra una rebeldía abierta frente a todo lo que le dicen sus padres, generado por la falta de confianza en si mismo y en sus progenitores.

Ambas respuestas conllevan sentimientos de rabia, culpa e impotencia.

El castigo, que se usa para que el niño haga algo positivo, generará sentimientos muy negativos

Si yo tengo malestar, mi tendencia será a rebelarme. Lo que el adulto pretende modificar en mí, en realidad va a obtener lo contrario. Si me siento mal, no siento ganas de hacer lo que me piden.

¿A quién se le ocurrió la loca idea de que para que un niño se porte bien, primero hay que hacerlo sentir mal? Jane Nelsen.

  • Normaliza la violencia

Cuando la comunicación y la resolución de conflictos en casa se lleva a cabo con violencia, sea física, verbal o emocional (el chantaje, la amenaza, el grito… es violencia), el niño la normaliza, y la adquiere como vía lícita para resolver los conflictos que pueda tener en casa, en el colegio, con los amigos…

Si en casa, los conflictos se resuelven con gritos, o incluso con azotes ¿cómo crees que resolverá tu hijo los conflictos? Como le hemos enseñado: con gritos, con violencia, con amenazas…  el niño adquiere el conocimiento de que es lícito obtener mediante el abuso o la fuerza aquello que quiere, por encima de las necesidades o deseos de los demás.

Recuerda que somos el espejo de los niños. Lo que hagamos nosotros, lo repetirán ellos.

Pongamos el caso del acoso escolar: el que agrede lo hace desde la necesidad de que para que él se sienta superior, tiene que abusar, insultar, etc. a otro. Este niño, con esta necesidad de hacer daño a otro ¿es un niño amado, respetado, tenido en cuenta, que puede ser el mismo? No. Para sentirse válido, que merece, que tiene voz, busca a alguien solo, débil, desesperado. Porque un niño líder, con autoestima, con decisión, no va a dejarse.

En realidad, los dos vienen del mismo escenario: solos, poca mirada, poca presencia, mucha autoridad, mucho control. ¿Por qué uno es el agresor, y otro la víctima? Porque cada uno ha hecho cosas distintas con aquello que les sucedió. Ante una misma situación un niño puede salir tímido, solo, retraído, indefenso, o bien rabioso, rebelde, enfadado.

  • Provoca miedo

Asumámoslo: el niño que se comporta como sus padres quieren para evitar un castigo, no lo hace por respeto, lo hace por miedo.

¿Cómo queremos que aprenda un niño? ¿por miedo o por la comprensión del error?

Un ejemplo: ¿te pones el cinturón de seguridad por miedo a la multa o porque es importante para tu seguridad?.

En mi opinión, no hay nada peor como que un hijo tenga miedo a sus padres. Nosotros debemos ser su guía, el apoyo que siempre encontrará, no la persona de la que huir cuando tenga un problema.

Otra mirada a los premios

Está muy extendida en el ámbito educativo la utilización de premios y refuerzos positivos para afianzar en nuestros hijos aquellos comportamientos que queremos que perduren en el tiempo, o que sean adquiridos por ellos.

Sin embargo, no deja de ser otra técnica de modificación de conducta que, no por ser “agradable”, es respetuosa.

El premio, al igual que el castigo, implica un abuso de poder por parte del adulto, es manipulativo. Premiar es un juicio, como cuando decimos “muy bien”:  toda la atención recae en el juicio de mamá, en lo que mamá da importancia (acabar la comida, recoger, dar un beso…). ¿Qué pasa si no doy el beso? mal. Si no recojo: mal. Si no me acabo el plato: mal. Si no recibo premio, es porque no he satisfecho o agradado a mamá.

Con el premio, la motivación que tiene nuestro hijo es extrínseca. Hará lo que esperamos de él únicamente para obtener su recompensa, no porque haya aprendido que debe hacerlo.

 

“El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”.  Oscar Wilde

 

Al final, el castigo, el premio, los gritos, las amenazas… se reducen a una falta de recursos del adulto. La inseguridad del adulto unido a la falta de recursos hace que recurrir al castigo o el premio sea no solo factible, sino la mejor solución para que nuestro hijo haga lo correcto o deje de hacer aquello que nos perturba, molesta o incomoda.

Sin embargo, es cierto que, como padres, debemos educar a nuestros hijos, enseñarles a desenvolverse en el mundo de acuerdo a los valores que hayamos transmitido y que ellos mismos hayan adquirido, a comportarse de manera coherente, asertiva, empática… Eso no significa que haya que dejar que los niños hagan lo que quieran, ni que no respeten a los demás. Nuestra obligación como padres es intervenir y enseñarles que hay comportamientos que no son adecuados.

Muchos padres preguntan ¿entonces como educo a mi hijo si no puedo castigarle?

Podemos educar a nuestros hijos desde el respeto, la confianza y la libertad. Si quieres hacerle saber que algo está mal, enséñaselo con respeto y amor, y lo aprenderá; obviamente no va a aprenderlo a la primera, es un trabajo de tiempo y que conlleva paciencia. Si quieres elogiarle, perfecto, pero elógiale todos los días, no sólo cuando haga algo bien. No podemos decirle a nuestro hijo que le queremos sólo porque ha hecho recogido sus juguetes, deberíamos decírselo varias veces al día y sin necesitar ningún motivo.

Esto no significa que nos vayamos al polo opuesto (educativamente hablando) y caigamos en la permisividad. La permisividad conduce al mismo resultado que el autoritarismo: niños inseguros, caprichosos, sin límites, sin noción de lo correcto o incorrecto, con baja autoestima.

 

Alternativas al castigo

Existen muchas alternativas respetuosas para educar a nuestros hijos con cariño, respeto, empatía y firmeza. Te enumero las que nosotros utilizamos en la crianza de nuestros hijos:

  • Límites claros, coherentes y respetuosos. Pocos límites y normas, ya que un exceso de normas provoca rebeldía. Y además deben ser:

Claros (se los hemos explicado a nuestro hijo, y según la edad, habrá podido participar en cuáles son los límites y normas en casa)

Coherentes: los límites y normas de casa son para todos (si la tele no se ve durante la cena, no vale que papá y mamá estén con el móvil o Tablet). Los niños están normalmente más dispuestos a seguir las normas cuando ven que afectan a todos

Respetuosos: de acuerdo con la edad y etapa de desarrollo del niño (no pretendamos que con 3 años deba hacer su cama todos los días).

  • Ver cuál es la causa del comportamiento. No quedarnos en el comportamiento, sino ir más allá, ver qué le pasa a nuestro hijo para que se comporte así, qué necesidad no está siendo satisfecha (sueño, hambre, cansancio, falta de mirada y atención, aburrimiento…) o qué creencia se ha instalado en su cabecita, que motiva que se comporte de esa manera.

 

  • Buscar soluciones juntos. Explicar a nuestro hijo, con empatía (que no significa estar de acuerdo con él) y respeto, qué ha pasado, por qué lo que ha hecho no es correcto, ofrecer alternativas adecuadas a su edad…

 

  • Explicarles como nos sentimos (no victimizarnos). Por ejemplo “a mí el desorden me molesta y necesito que recojamos antes de irnos”.

 

  • Explicarles como se sienten los demás cuando ellos hacen o dicen algo.

 

  • Pedir, no exigir. En la mayoría de las ocasiones, no pedimos a los niños que hagan algo, sino que se lo exigimos. Para entender este punto, es muy útil la práctica de la Comunicación No Violenta (Marshall Rosemberg). Pon atención al tono emocional que utilizas al hablar con tu hijo, y a las palabras que usas. Muchísimos de los conflictos en casa (y en el mundo) se deben a la forma en que nos comunicamos con los demás.

 

  • Pasar tiempo con los niños. Cuando hay presencia, cuando hay mirada al 100%, el niño ve satisfecha una necesidad vital. Además, cuando estás presente, podrás evitar muchos conflictos que pueden acabar desembocando en castigos. Es normal no poder estar presente las 24 horas del día, pero debemos hacer un esfuerzo, dentro de nuestra vorágine, de dedicar el mayor tiempo que podamos a nuestros hijos, pero al 100% (sin mirar WhatsApp, Facebook, correo electrónico…)

 

  • Ver qué necesidades no satisfechas tenemos nosotros, e intentar satisfacerlas en vez de proyectarlas sobre nuestros hijos. Muchas veces, el comportamiento de nuestro hijo no tiene nada de malo, sino que es una necesidad nuestra (que no suya) no satisfecha.

 

  • Intentar modificar lo que el niño siente en vez de intentar modificar el comportamiento. Recuerda que cuando nos sentimos bien, nos portamos bien. Si nos sentimos mal, nos portamos mal.

 

La mayor parte de las veces, el niño no se está portando mal. Se está portando de acuerdo con su edad y como lo que es, un niño.

 

  • En vez de amenazar, pide las cosas de forma razonada y respetuosa. Y si tu hijo se niega, analiza por qué te está diciendo que no. Puede que le estés pidiendo demasiado, que, en realidad, se lo estés exigiendo, o simplemente, tu hijo está haciendo algo mucho más interesante. En ese caso, puedes pedirle ayuda, y una vez te ayude, tu puedes hacer con él aquello que parece tan interesante ¿qué niño haciendo algo que le gusta, no desearía que su madre lo haga con él. Pero no lo hagas solo a cambio de su ayuda. Si no te ayuda, hazlo también. Es un valioso aprendizaje para tu hijo.

 

  • No des tantas órdenes, e informa más. Analiza cuántas órdenes das a tus hijos a lo largo del día… tal vez sean demasiadas y tu hijo está sobrepasado. Analiza si lo que ha hecho tu hijo es tan grave, e incluso, si el niño sabía que eso no se podía hacer. Por ejemplo, tu hijo pinta en la pared y tú le castigas. Probablemente, tu hijo no sabía que en la pared no se podía pintar. Que igual que puede pintar en un folio, la pared era igualmente pintable. En vez de recurrir al grito, al castigo, etc. habla con él, explícale que en la pared no se puede pintar, pero si puede pintar en un folio (incluso, dale uno, y pinta con él. Verás que pronto se le olvida la pared). Puede que otro día vuelva a pintar en la pared. No pasa nada, se lo vuelves a explicar y limpiáis juntos el dibujo.

 

  • Valida sus sentimientos y acompaña su frustración.

 

  • Déjale que tome decisiones. Todos los niños necesitan poder, y ese poder se puede interpretar como la capacidad de tomar decisiones. El niño necesita decidir. Puedes darle dos alternativas y que tu hijo decida, lo que fomentará su confianza tanto en ti, como en sí mismo, además de sentir que “tiene poder”. Puede elegir qué ropa ponerse (cuando son pequeños, puedes ofrecerle alternativas, pero cuándo son más mayores, con 4 años, por ejemplo) pueden decir si llevar la camiseta verde o la azul, falda o pantalón, y combinarlo como quieran. No se hacen daño a sí mismos, y no dañan a los demás.

 

  • Revisa tus expectativas. Es posible que lo que le estés pidiendo sea demasiado para tu hijo. Puede que todavía no esté preparado, puede que hoy esté cansado…

 

  • Ofrece tu calma, no te unas a su caos.

 

  • Limita los NO. Si a nosotros, los adultos, nos dijeran NO tantas veces como se lo decimos a nuestros hijos, probablemente habríamos cortocircuitado hace mucho.

 

Más claves para educar sin castigar

 

  • ¿Cómo deseas ser tratado? Haz lo mismo con tus hijos.
  • Autocontrol (practica el control de la propia ira, analiza por qué reaccionas así).
  • Repetir, repetir y repetir (¡nadie aprende a la primera!).
  • Asegúrate que están cubiertas sus necesidades básicas.
  • Ayúdale a conseguir sus metas.
  • No etiquetes.
  • No juzgues a tu hijo, ni lo que es, ni lo que siente.
  • No uses expresiones como nunca, siempre (es que nunca me escuchas, es que siempre haces lo mismo).
  • Y siempre, siempre, siempre VALIDA SUS SENTIMIENTOS Y EMOCIONES.

 

Necesitamos cambiar urgentemente la forma en que educamos a nuestros hijos. Todos los padres queremos lo mejor para ellos, y gracias a las nuevas tecnologías, tenemos acceso a infinidad de información que nos puede ayudar a cambiar las creencias y patrones aprendidos, y empezar a trabajar en formas de crianza respetuosos, que no manipulen, y que eduquen en valores, respeto, empatía, y no violencia. Es urgente el cambio, y desde Crianza Feliz y Consciente nos hemos propuesto poner nuestro granito de arena.

Un abrazo y ¡feliz día!